Cronistas de lo obvio – versión seria

Empate catastrófico

El nuevo milenio prometía cambios en Costa de Marfil. Un socialista, incansable luchador por la democracia, había ganado las primeras elecciones en la historia de la ex colonia francesa. Su nombre era Laurent Gbagbo, representaba al sur cristiano y rescataba el nacionalismo. Pero su triunfo no fue reconocido por el dictador de ese entonces,  Robert Guei, y debió pelear en las calles para hacer valer sus derechos. Miles de personas protestaron la decisión de Guei y el dictador tuvo que terminar cediendo para nombrar a Gbagbo presidente. Poco después, otra rebelión demoraría su llegada al poder. Esta vez fue el norte musulmán el que se levantó en armas porque no permitieron que su candidato participara de los comicios. El aspirante era un tal Alassane Ouattara, quien no pudo presentarse debido a una ley sancionada por Guei que permitía sólo candidatos nacidos en el país. La medida afectó a Ouattara, originario de Burkina Faso. La separación de Ouattara supuso un insulto grave hacia el norte musulmán, acusado además de ser el ancla que impedía el crecimiento de un país que, hasta la década de 1990, fue uno de los más prósperos de África. La tensión fue creciendo hasta que, en 2002, una nueva rebelión en el norte terminó en una guerra civil y la persistencia de un empate catastrófico. El ejército del sur contra las Fuerzas Nuevas de Guillaume Soro. El conflicto perduró hasta 2005, cuando se firmó un armisticio y se creó un gobierno de coalición: Gbagbo presidente y Soro primer ministro. El acuerdo, esta vez, se prolongó por cinco años, hasta las elecciones del 28 de noviembre. Ouattara, quien trabajó para el Fondo Monetario Internacional (FMI) y goza de un amplio consenso en el establishment occidental, se presentó a los comicios porque se derogó la ley de Guei, y los ganó. Pero el Consejo Constitucional, dominado por Gbagbo, anuló los votos de siete regiones, y el presidente mantuvo el puesto. El norte volvió a levantarse, con el apoyo de Occidente y la ONU, que declararon ganador a Ouattara. El empate catastrófico regresó con sangre: 173 muertos durante las protestas. Cuando se protesta en África, la sangre fluye. Y la paradoja arrecia: Ouattara fue uno de los dirigentes que impidió la asunción de Gbagbo a principios de siglo. Hoy, la situación es inversa, el sureño se resiste a abandonar el sillón presidencial, mientras su rival levanta las banderas de la democracia. Los países del occidente africano también respaldaron al musulmán y viajaron a Costa de Marfil para presionar a Gbagbo. Por ahora, no tuvieron éxito. Si la diplomacia, poco paciente por estos lares, no basta para torcer la obstinación del mandatario, podría desembarcar un contingente armado y, otra vez, la guerra. La situación en Costa de Marfil es apenas un ejemplo del destino trágico de buena parte de África. Dirigentes incapaces de jugar el juego democrático y bastante propensos a entregar las enormes riquezas naturales se mezclan con usureros disfrazados de organizaciones respetables y países con sed de recursos pero sin ánimos de contagiar desarrollo.

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diciembre 30, 2010 - Posted by | África |

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